Por Fran Polo (La opinión, de la revista de marzo’26)
Había un tiempo en que el circo llegaba, llegaba sin avisar. Se sabía por el olor. Luego aparecían aquellos carteles pegados torcidos en las paredes y el sonido de la música que se escuchaba en los ensayos con los primeros rayos de luz. Los niños corrían al encuentro y los hombres se quedaban un segundo quietos, recordando aquellas imágenes marcadas de su niñez.
El circo no pedía permiso. Plantaba la carpa en un descampado y al amanecer ya era otro mundo. Las jaulas alineadas, los caballos inquietos en su nuevo hogar, el elefante balanceándose buscando su sitio, el león tranquilo sabiendo que era el rey del espectáculo. El domador fumaba apoyado en una de las vallas y parecía no temer nada, pero no era valentía, era costumbre. La valentía siempre pertenece al instante, la costumbre pertenece a la vida diaria.
Dentro de la carpa, la sensación, es que todo es más grande. El trapecista caía hacia el vacío y, en el último segundo, la red lo salvaba.
El público contenía el aire y luego lo devolvía de golpe. Ese momento era el verdadero espectáculo, el silencio compartido. Nadie hablaba, el silencio era el dueño del espacio, porque todos entendían que la belleza vive exactamente ahí, en el punto donde algo puede salir mal.
Los animales dominaban la escena, te mostraban qué era el peligro. No eran actores, ni figurantes. Eran presencia. El rugido del león no estaba ensayado. El circo funcionaba porque el hombre aceptaba que no dominaba todo, solo negociaba con lo salvaje durante unos minutos. En la actualidad, pocos espectáculos recogen la esencia de aquellos tiempos, y uno de esos pocos es el mundo de los recortadores.
El ruedo no tiene lona, tiene polvo, y el toro no obedece a nadie. El recortador espera quieto, como si no fuera a moverse nunca. Cuando el animal arranca, el tiempo se rompe en dos partes, antes del quiebro y después del quiebro. El cuerpo pasa a centímetros del pitón, y en ese hueco mínimo se encuentra la verdad del oficio.
No hay violencia en el gesto, sino precisión. Quedarse quieto el tiempo justo para demostrar que el miedo puede mirarse de frente sin tocarlo. El público tampoco grita siempre; a veces respiraba hondo, igual que en la carpa. Ese instante de silencio vuelve a mandar.
El circo enseñó a admirar el riesgo. Los recortadores enseñaron a entenderlo.
Ahora vuelve la temporada. No empieza con ruido, sino con expectativa. Las plazas se preparan igual que antes se preparaban los descampados. En las primeras fiestas, en las calles estrechas y en las avenidas abiertas, la gente vuelve a ocupar su sitio. Algunos lo hacen por tradición, otros por curiosidad, y otros muchos por ver algo que les han contado y que dentro de su imaginación aún no tiene cabida.
Castellón comienza la temporada como lo hacía las puertas de la carpa. Valencia las abre como quien abre una ventana después del invierno.
Y otra vez ocurre lo mismo: un hombre quieto, un animal que arranca, un segundo interminable. Después, el alivio. Después, la vida normal.
Pero ese segundo queda. Queda para siempre.


